Tu boda: un desafio alimentario


Una boda es el punto complejo de este siglo. A qué atribuirlo, Dios sabrá. Es un tema tan difícil que sociólogos, sicólogos, siquiatras y hasta los mismos involucrados no lo entienden.

Ustedes pensarán que voy a abordarlo; muy por el contrario, lo utilizaré como comparación o semejanza. Y en esta oportunidad entraré a lo que me atañe.

El arte de casar platos y vinos es casi semejante a la difícil complementariedad de los caracteres. Se trata de una cuestión subjetiva en la que no caben dogmatismos. Hay alimentos y platos solteros de vocación, que resultarían incapaces de fusionarse con algunos vinos.

Estamos viviendo con furor el mundo de los maridajes, palabra que ciertamente deriva del verbo maridar. Según el diccionario: casarse o unirse en matrimonio, unirse casualmente o hacer vida maridable, unir o enlazar. Maridaje: unión, analogía o conformidad con las que algunas cosas se enlazan o corresponden entre sí. La unión de la vid y el olmo, la buena correspondencia de dos o más colores o, por qué no, sabores.

En la creencia de los maridajes encontramos un reto cultural y un gran desafio alimentario. El éxito en la conjunción de comida y vino pertenece a la sensibilidad, a la intuición de cada persona, al aprendizaje que significa amoldar o formar el paladar y el gusto hasta el punto más sutil y exquisito.

Los expertos en la materia dedican años para lograr el ensamblaje justo, y muchas veces lo siguen perfeccionando al mínimo detalle, porque de ello se trata este arte.

Tradicionalmente, las carnes se servían con tintos y los pescados con blancos. Hoy todo puede variar. Se deben tener en cuenta las especias, las hierbas, la acidez o astringencias, lo dulce o amargo para lograr el disfrute del paladar y que los sentidos festejen con aplausos las brillantes conjunciones.

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