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Cafe, de aromas y charlas ( I )



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Las leyendas, como siempre, varían. Pero todas coinciden en una cosa, el origen del café ocurrió en el desierto de Etiopía hace mucho más de mil años. Algunos relatan que un pastor observó que luego de que sus cabras se comían el fruto del arbusto, estas se volvían más activas y despiertas y que luego el mismo decidió comprobarlo, confirmando el efecto estimulante del fruto. Otros relatos afirman que un tal Ornar el Derviche, cuya condena era vagar por el desierto, descubrió que la cocción de esos frutos le devolvía la energía y lo animaba.

Del desierto a Constantinopla:

Desde tiempos inmemorables, algunos pueblos etíopes se alimentaban de las bayas de este arbusto, el cafeto, comiéndolas envultas en grasa animal convirtiéndose en una poderosa fuente de energía para los guerreros y los cazadores. Sin embargo, fueron los árabes quienes decubrieron como aprovechar las semillas en forma de bebida: los tostaban y molían, para luego realizar la infusión.

Pronto se decidió trasladar las plantas a Arabia, en principio para uso estrictamente religioso: se bebía la infusión con la finalidad de alargar las horas de meditación y plegarias. Para el siglo XIII, el café se había convertido en una bebida popular y se servía en lugares específicos, cafés, donde se reunían filósofos, artistas, comerciantes, políticos para reflexionar, escuchar música y contar relatos.

Los religiosos musulmanes decidieron prohibir las casas de café, luego de escandalizarse con el uso mundano que se le estaba dando a su bebida sagrada. Las reglas eran estrictas para todos aquellos que siquiera pensaran en beber café tanto así que la primera vez, los infractores eran azotados; la segunda, eran arrojados al río dentro de bolsas de cuero. Sin embargo, los duros castigos no impedir a la gente de tomar café y un tiempo después las autoridades decidieron sacar provecho de la irresistible atracción de la bebida, legalizaron las casas de café pero cobrándoles altísimos impuestos.

En 1457 abrió en Constantinopla la primera casa de café fuera de Arabia.  En Turquía estos establecimientos se convirtieron en un lugar  de reunión para hacer negocios o simplemente charlar y fueron ellos los primeros en agregarle especias al café como cardamomo, canela, clavo de olor y anís. Era tal su fama, que la lmisma ley turca establecía que una mujer tenía derecho a divorciarse si su marido no era capaz de proveerle la dosis diaria de café.

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