¿Durazno, lobo o manzana?
Se presume que el tomate cruzó el Atlántico poco después de que el explorador español Hernán Cortés conquistara la ciudad azteca de Tenochtitlán, en 1521. La primera mención de este nuevo fruto en la literatura europea se remonta a 1544, y pertenece aun tratado escrito por el herborista italiano Petrus Andreas Matthiolus. En el describe al "pomo doro" (manzana de oro) -como fue bautizado el tomate en Italia-, y dice que "en Italia se comen con aceite, sal y pimienta". Se cree que la referencia dorada se debería a que la primera variedad en llegar fue la amarilla. A su vez, en Francia era conocido como "pomme d'amour" (manzana del amor), por supuestas propiedades afrodisíacas -por aquel entonces se le atribuían a las frutas propiedades inherentes a la forma y color, en este caso, semejantes al corazón- o por una malformación del nombre que se adoptó en España, donde llegó primero y por vía de la cultura árabe: "pome dei moro" (manzana de los moros).
La entrada del tomate a las cocinas del Viejo Mundo llevó un tiempo considerable. Mientras que se lo comía, aunque de manera limitada, en los países del Mediterráneo, en los nórdicas fue considerado una curiosidad por más de un siglo. En 1595, un cultivador inglés escribió: "estas manzanas del amor, que se comen en el exterior, son de un tipo y sabor apestoso". El primer recetario en mencionar al tomate fue publicado en 1692 en Ñapóles. Más de dos siglos después de su arribo al Viejo Mundo, los ingleses apenas se animaban a usar el tomate para saborizar sus sopas. Y los primeros registros de su comercialización son de principios del siglo XIX.
Al igual que la llegada de la papa al Nuevo Mundo, el tomate tuvo que vencer varios prejuicios. Entre ellos, el hecho de tener un gran parecido con la belladona, planta que en Europa era usada como droga alucinógena. En Alemania, donde según el folklore la belladona era usada por las brujas para la licafitropía, práctica para invocar a los hombres- lobo, el jómate no estaba muy bien visto; de hecho, el nombre con el cual se lo bautizó por esas tierras fue el de "durazno de lobo". Fue en el siglo XVIII cuando el sueco Cari Linnaeus, considerado el padre de la taxonomía, tomó nota de esta leyenda del folklore alemán para darle al tomate el nombre científico que lo designa al día de hoy: Lycopersicon esculentum, que literalmente significa "durazno-lobo comestible".
Portador del aire de los Andes de Sudamérica y heredero del trabajo de las manos aztecas, hoy el tomare pilede jactarse de haber conquistado el mundo y de haber roto las barreras culturales: sin él, la pizza no sería pizza; los norteamericanos tendrían hamburguesas tristes y no sabrían qué hacer con las papas fritas. Y qué se podría decir de la cocina italiana, inseparable de la salsa y del torrfete...
